Un blog para presentaros mi primera novela y compartir mis opiniones, experiencias e inquietudes con vosotros. Amanece sobre Londres relata dos historias paralelas en el tiempo, una en el siglo IV y otra en la actualidad contra un mismo enemigo: Luzbel. El destino de sus personajes se decidirá antes de la salida del sol, tras una frenética carrera a través de las calles de la capital británica.

 

jueves, 14 de agosto de 2014

El mejor Prozac: un buen libro.


Creo recordar que fue en IT, de Stephen King donde leí esta frase y no puedo estar más de acuerdo con ella. Tanto me impactó en su día que me puse a investigar sobre el tema llegando a la conclusión de que la rutina y la falta de estímulos externos suelen ser los causantes de la infelicidad.
A lo largo de nuestra vida asistimos de primera mano a cómo se comba nuestro espacio-tiempo. No, no voy a entrar en el campo de Einstein ni mucho menos. Los tiros van por otro lado. Todos recordamos cuando éramos pequeños cómo las horas, días y semanas pasaban a un ritmo condenadamente lento. Sobre todo cuando estabas esperando que llegara un momento determinado con ansia. Sin embargo en la edad adulta, el tiempo se escurre como el líquido entre tus dedos sin que nada lo pueda remediar. O eso pensamos.
Cuando llegamos a este mundo, nuestro cerebro se encuentra virgen de información, como un disco duro recién comprado. Aunque no sabría decir cuándo, supongo que siendo un feto ya comenzamos a recibir estímulos externos, los cuales están directamente ligados a nuestra percepción del tiempo.
La medición del tiempo es un invento humano, pero cómo lo percibimos depende de cómo lo interprete nuestro cerebro. Por poner un ejemplo, si estamos en las fiestas del pueblo viendo un espectáculo pirotécnico, vemos y oímos la explosión de los fuegos artificiales al mismo tiempo si nos encontramos más o menos cerca. Con la física en la mano, la velocidad del sonido es de unos 340m/s. La de la luz de casi 300.000.000m/s. Resulta lógico pensar que deberíamos ver primero toda la amalgama de luminosos colores y luego escuchar la explosión ¿verdad? Es nuestro cerebro el que se encarga de hacer este ajuste. Por así decirlo, tenemos una pequeña máquina del tiempo sobre los hombros Doc…
Volvamos a nuestra infancia. En cuanto salimos del útero se produce una explosión sensorial. Todo es una novedad para nosotros. Nuestro cerebro empieza a recoger información por los cincos sentidos de forma ineludible de nuestro entorno, que luego forjarán nuestro carácter y experiencias. Como es previsible, en un principio nuestro procesador funciona al 100%, pero a medida que pasan los años va descendiendo gradualmente hasta que llegamos a una edad adulta en la que irremediablemente tiende al 0%, puesto que con el transcurso de los años es difícil encontrar nuevas sensaciones (una naranja la descubrimos por primera vez y luego son todas iguales). Este esfuerzo mental es el que incide directamente en la percepción del tiempo, cuantas más novedades aportemos a nuestro cerebro, disfrutaremos de una mayor sensación de haber aprovechado el tiempo y este parecerá ralentizarse.
Es lo que sucede cuando la gente comenta que ha aprovechado muy bien sus  vacaciones, que incluso se le han hecho largas aunque luego lo neguemos una y otra vez en el trabajo. La salida de la rutina y el hecho de recibir nuevos impactos sensoriales es lo que ocasiona este cambio de percepción en el tiempo. Por eso a los humanos nos gusta viajar, somos curiosos por naturaleza debido a esa necesidad de recibir sobre todo nuevos estímulos visuales. Esto hunde sus raíces en los principios del tiempo. Cuando no existía escritura, no quedaba más remedio que recordar esa planta venenosa, ese animal peligroso o el camino de vuelta a tu cueva. Así durante miles de años, convirtiéndonos de ese modo en unos yonkis de las imágenes.
Obviamente, salvo para algún privilegiado o alguna persona con la valentía de dejarlo todo y ponerse en ruta sin preocuparse por el mañana, viajar es costoso y requiere mucho tiempo libre. Pero existe una forma más barata. Durante el proceso de lectura evocamos imágenes. Está demostrado que nuestro cerebro adopta la misma actividad cerebral cuando hacemos una labor y cuando pensamos que la estamos haciendo. Sirve entre otras cosas para comunicarse con personas en un estado vegetativo. También está demostrado que el cerebro de una persona lectora es diferente al de una persona que no lee. Los primeros poseen unas mejores conexiones neuronales.

Resumiendo la conclusión es obvia y fácil de llevar a la práctica. Si quieres ser más feliz y alargar tu vida, no el tiempo mensurable, si no la calidad del tiempo percibido, lee. Y prueba a volver a casa del trabajo por un camino diferente aunque lleve unos minutos más, descubre nuevos sabores, deja de lado tus viejos vinilos y vete a una jam session a descubrir nuevos músicos o cualquier otra cosa nueva que se te ocurra. También puedes tomarte un Prozac… o ponerte a escribir.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Villafranca del Bierzo


Jacobo, Tony, Andrea… Son algunos de los protagonistas de Amanece sobre Londres. Tienen en común que juntos descubrirán la comarca de El Bierzo de la mano de un anciano médico guardián de un antiquísimo arcano. A modo de guía espiritual, hundirán las raíces en el pasado de un antiguo enclave sito en pleno Camino de Santiago. Villafranca del Bierzo.
Esta hermosa población tiene la singularidad de ser el único lugar en todo el camino donde puedes conseguir la indulgencia plenaria, a parte claro está, de la Catedral de Santiago. Sólo las personas enfermas o accidentadas podrán ganar el Jubileo en la Iglesia de Santiago, donde su Puerta del Perdón únicamente se abre los años santos.
Esta pequeña iglesia posee además otros muchos encantos… para el que tenga ojos para ver. El no iniciado no logrará atisbar toda la simbología oculta que muestra el templo, relacionada con el esoterismo que envuelve el camino en su lento discurrir por la península. No iba a ser menos en un enclave donde, a través de fraguas olvidadas en el devenir del tiempo, se inicia una senda de fuego hasta Campo del Agua, en plenos Ancares. En este lugar, los antiguos moradores de estas tierras rendían culto a sus deidades dejando una impronta de misticismo en la región.
Muchas personas cometen el error de pensar que esta villa fue fundada por los francos, pero la realidad fue diferente. Dña Urraca, varios siglos atrás y tras un encontronazo con las autoridades locales que no la reconocieron, eliminó su portazgo. Villa franca de impuestos. Por supuesto en el imaginario popular también existen otras leyendas, como que sus fundadores llegaron en un carro tirado por bueyes blancos. Sea como fuere, Villafranca del Bierzo hunde sus raíces en la Edad del Bronce (Recomendable una visita al museo de los Padres Paules) y ha sido testigo mudo de diferentes batallas. Señorío y posteriormente marquesado, llegó a su culmen en el siglo XIX cuando se convierte en capital de la recién creada Provincia del Vierzo aunque eso sí, de duración efímera.
Su rica historia nos ha dejado también un conglomerado artístico y cultural sin parangón. Desde su Colegiata hasta las obras del pintor flamenco Paul Bril en el Convento de La Anunciada, pasando por las iglesias de San Francisco o San Nicolás. Su castillo, la Calle de los Tejedores y la del Agua nos trasportaran a épocas pasadas, siendo en esta última calle donde nació Enrique Gil y Carrasco, escritor berciano por antonomasia.

En definitiva Villafranca es el lugar idóneo para establecer el centro de operaciones de cara a  disfrutar de una visita a El Bierzo y por qué no, también de su gastronomía. Quién sabe si conversando con sus gentes, descubrirás algún antiguo misterio de la zona… De momento y para saciar vuestra curiosidad, en la novela desgranaré algunos.

martes, 12 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.3)


Era una tormentosa noche de agosto en un pequeño pueblo al norte de España. A última hora de la tarde el bochorno se hizo insoportable y el sol se comenzó a cubrir por unas oscuras nubes. Una sensación de extraña calma se apoderó de ella, el aire olía a lluvia y se notaba cargado de electricidad. Los truenos resonaban en la distancia cual pregonero avisando de lo que se avecinaba. Unas horas antes, las campanas repicaron en lo alto de la iglesia. Cumplían con una vieja tradición española de alertar a los vecinos que se encontraban trabajando los campos de que una tormenta se acercaba. Por más que su padre y su madre le advertían de los peligros de los rayos, ella siempre se las ingeniaba para salir al porche. Le gustaba jugar a contar los segundos que transcurrían entre que caía el rayo y se oía el trueno. Curiosamente, nunca transcurrían más de diez segundos, quizás porque era hasta donde sabía contar. Le encantaban las tormentas. Al menos hasta esa noche.




—Mierda.
Acababa de rayar una de las maletas con las puertas del portal al sacar apresuradamente la motocicleta para reunirse con Pol. A pesar de la rabia, se dijo que ya no tenía solución y que debería haberlas quitado antes de salir, puesto que algo le decía que el viaje se iba a posponer.
Le encantaba montar en moto. El proceso de arrancarla y dejarla calentar mientras se colocaba los guantes, el casco y se ajustaba la cazadora era todo un ritual para ella. Una vez en marcha, disfrutaba del anonimato que le brindaba el casco mientras se zambullía en el denso tráfico londinense, escapándosele alguna que otra sonrisa cuando adelantaba a un conductor malhumorado presa de un atasco.
Llegó a la entrada del juzgado donde, tras levantarse la visera del casco y reconocerla el vigilante, este levantó la barrera. Dejó la moto en el parking subterráneo y se dirigió hacia las escaleras, dado que la espera del ascensor se le hacía eterna. Cruzó el patio interior y se dirigió a la entrada, donde debería volver a bajar un piso hasta el depósito, que se encontraba en el ala vieja del edificio principal. En el despacho le esperaba, impaciente, Pol.
En el pasado, al fallecer su padre, su tío Pol se convirtió en su tutor. Era un tipo de rasgos angulosos, físicamente bien proporcionado y tan cuidadoso con su aspecto que no aparentaba que solo le faltaran unos meses para su jubilación. Educado, siempre con una sonrisa en la boca y con una voz tranquilizadora que hacía que cualquier discusión se tornara en un agradable intercambio de opiniones. Siempre encontraba una forma de decir las cosas de tal manera que cuando te dabas cuenta, ya te había llevado a su terreno.
Cuando perdió a su padre fue el único que supo comprenderla. Se trasladó a vivir con él a un barrio de clase acomodada, donde estudió en uno de los mejores colegios de la ciudad. En esa época solo hizo un par de buenos amigos, con los que quedaba todos los martes para cenar y algún que otro viernes para tomar una cerveza en alguno de los pubs de moda. Dado su carácter solitario, era con Pol con quien más tiempo pasaba. No era de extrañar que con el paso de los años eligiera estudiar su misma profesión.
Educar a la pequeña fue el mayor reto que afrontó en su ajetreada vida. Al principio se mostraba fría y distante pero él supo ir ganándosela poco a poco. Comenzó con el viejo truco de los regalos. Era una forma de chantaje, sí; pero, como no podía ser de otra manera, fue dando sus frutos con una niña de tan corta edad. Todo esto le suponía una gran tarea a Pol, ya que, a causa del carácter individualista y callado de la niña, era difícil de sorprender.
Un día de verano, a los pocos meses de morir su hermano, Pol intentaba resolver un acertijo en el suplemento de verano de una de sus revistas favoritas. A la sombra de un árbol lo leyó en alto como solía hacer con aquello que precisaba de una especial concentración por su parte.
—Si estoy a oscuras y tengo veinte calcetines blancos y otros veinte negros en un cajón, ¿cuál es el menor número de calcetines que debo coger para asegurarme de que cojo un par del mismo  color? —se preguntó—. Veinte  blancos y veinte negros en un cajón —repitió pensativo.
—Tres —dijo una vocecita.
Pol dobló la revista hacia abajo para mirarla por encima de sus gafas.
—Tres —dijo esta vez en un tono más alto a la vez que cruzaba sus brazos esperando una confirmación.
—Muy bien, pequeña —murmuró sorprendido.
A partir de esa tarde de domingo todo comenzó a cambiar, notó como poco a poco la niña iba dejando atrás lo sucedido y comenzaba a verlo como si de un padre se tratara. Ya no necesitaba regalos y según pasaban los años disfrutaba de su compañía, primero con sus inocentes preguntas y más adelante con acaloradas discusiones, sobre todo de carácter filosófico, la asignatura favorita de su pequeña.

Transcurrieron los años y llegó la hora de ir a la universidad. Ese verano, antes del comienzo de las clases, Pol insistió en que acudiera a un campamento de idiomas en el extranjero. También le consiguió plaza en una residencia de estudiantes a su vuelta a pesar de no encontrarse el campus especialmente lejos de su casa. No era porque no quisiera tenerla a su lado, pero pensó que sería la forma de que no dependiera tanto de él y empezara a valerse por sí misma. Esto provocó un pequeño alejamiento entre ellos, subsanado en cuanto comenzó a trabajar con su tío.




Cuaderno de Jacobo

He decidido plasmar en este cuaderno el resultado de mis averiguaciones ya que mi destino pronto me dará alcance. Mi tiempo y el suyo se termina.
Me llamo Jacob Evans. Soy el hijo de Casey y Claudia Evans, como he descubierto no hace mucho. Toda mi vida he vivido en España con el nombre de Jacobo Vidal, como uno de los hijos de los que realmente son mis tíos. Si se me hubiera dado la oportunidad de elegir, no habría nacido. Al menos tal como soy, como lo que he descubierto que soy.


Poco a poco se va complicando la trama de Amanece sobre Londres. Ahora nada más y nada menos que tres saltos temporales en un par de páginas. Por primera vez aparece otro de los protagonistas principales de la novela: Jacobo.

lunes, 11 de agosto de 2014

El conocimiento de los antiguos

Durante la documentación para la novela, dos preguntas surgieron en mi cabeza. ¿Somos la sociedad más avanzada que jamás haya existido? ¿Es así o un velo de egoísmo cubre nuestra percepción? Estas dos, aparentemente fáciles preguntas de rápida respuesta, podrían esconder más de lo que en un primer momento se podría llegar a pensar. No es ningún nuevo descubrimiento el orgullo humano, quizás nuestro mayor talón de Aquiles, que nos obliga a cegarnos con nuestras creencias y maniatarnos con nuestros prejuicios. Al hombre no le gusta el cambio a pesar de ser algo inherente a nuestra condición humana. Sin duda es un hecho que le ha llevado a cometer innumerables errores a lo largo de la historia. La religión, y haciendo alusión a ella no quiero decir que sea uno de ellos, es más, considero que el hombre necesita de ese acervo espiritual para sobrevivir. Llámenlo religión, ciencia o creencia. Como decía la cuestión es que en la sociedad actual el cristianismo y sus diferentes ramas, han ahondado tanto en el subconsciente colectivo, que para el común de los occidentales la historia solo remonta dos mil años en el tiempo, para los más eruditos, se podría ampliar en una ventana que va de los tres a cuatro mil años de antigüedad. ¿Pero ese dogma preestablecido significa que no existió ninguna otra civilización anterior? Rotundamente no. Bajo mi humilde punto de vista existieron dos cataclismos en la historia de las sociedades recientes. El primero de ellos fue la quema de la biblioteca de Alejandría y el segundo la Edad Media, ese periodo oscuro en el que la sociedad permaneció sumida durante varios siglos.
Sin duda el más relevante fue el primero de ellos. Casi un millón de pergaminos se perdieron en el incendio. Es inevitable preguntarnos por todo el conocimiento que allí confinado quedó sumido en cenizas. Nunca sabremos qué contenía, pero una cosa me queda clara a medida que indago y adquiero la experiencia que me da el paso de los años. Los antiguos tenían algún tipo de conocimiento desconocido para nosotros a día de hoy. No hablo de pseudociencia o metafísica, sino del uso de su capacidad mental. De algún modo eran capaces de descubrimientos que se perdieron o eliminamos con el devenir de los siglos y que de algún modo no se nos han vuelto a revelar hasta la llegada del Renacimiento.

En una sociedad avanzada como la que vivimos, en ciertos sectores se ha dejado de lado el valor del esfuerzo para dárnoslo todo prefabricado. Hay personas que se abandonan a conseguir ingresos a fin de mes para obtener recompensas banales, dejando de lado su espíritu. Y este necesita ser calmado de alguna manera, ya sea con religión o conocimiento. Dos cosas en principio contradictorias pero que pueden ir de la mano, puesto que a fin de cuentas la palabra espíritu procede del latín spirare, respirar, y lo que respiramos es aire, materia. El campo de la ciencia. Entonces me pregunto si ese cultivo del espíritu de los antiguos les llevó a alcanzar descubrimientos que sin la tecnología actual nos podrían parecer inconcebibles. Como narro en Amanece sobre Londres, Eratóstenes dio una medida muy aproximada del diámetro de la tierra… en el S.III a.C. Es curioso que en lugar de utilizar nuestra capacidad intelectual con los medios de los que disponemos hoy en día, sea un recurso habitual en pleno S. XXI aferrarse a lo esotérico y aludir a teorías de la conspiración, en algunos casos esperpénticas, como pueden ser las teorías creacionistas extraterrestres. La razón: es más fácil y rápido que buscar una respuesta científica.
La conclusión que extraigo de esto es que nuestros antecesores disponían de dos virtudes defenestradas hoy en día. El esfuerzo y la paciencia. El primero siendo conscientes de la dificultad para alcanzar sus metas, el segundo para andar el camino que lleva a ellas y asumir el éxito o el fracaso de sus disertaciones. Gran culpa de la pérdida de estos valores lo tiene la educación actual.

Considero que a los niños deberíamos enseñarles que la tierra es plana. ¿Qué cara pondrían al ver por primera vez un globo terráqueo? Más que la sorpresa, lo que me interesaría es que, por primera vez, comenzarían a razonar, cuestionar y buscar una explicación a lo que ven, dejando de ser sus cerebros meros contenedores de información. Al parecer, el objetivo del sistema educativo actual.

viernes, 8 de agosto de 2014

Santiago de Peñalba


Si en una entrada anterior hablé del pueblo, resulta ahora ineludible hablar de su iglesia. Esa pequeña joya del mozárabe entorno a la que se apilan las pocas casas de la aldea con sus característicos tejados de pizarra. La particularidad del templo radica en su puerta de entrada, un arco bilobulado único en el mundo y que se ha convertido también en símbolo de la iglesia. Así que si os acercáis a verla y se encuentra cerrada no desesperéis, lo más importante lo habréis visto. También podréis disfrutar de sus discos solares de herencia celta en los aleros y de su espadaña separada de la nave.
De aquí procede la cruz votiva que Ramiro II regaló al monasterio de Santiago de Peñalba y que a la postre se ha convertido en símbolo de identidad de El Bierzo como lo atestigua su inclusión en su escudo. Los más observadores se habrán percatado que he dicho monasterio. Así es, la iglesia de Santiago de Peñalba es el último vestigio del monasterio que se alzaba en ese lugar. Al menos sus piedras perviven en las construcciones de las casas del pueblo, sirviendo el monasterio de improvisada cantera.
Si tenemos la suerte de acceder a su interior nos sumergiremos en esta maravilla bajo un techo jalonado por estrellas (de nuevo elementos de simbología celta). Su atípica construcción con dos ábsides contrapuestos le dan una singularidad que la podrían vincular con antiguas construcciones en el norte de África auspiciadas por la figura de Donato, líder herético que dio nombre a la secta donatista y que por azares del destino, terminó convirtiéndose en uno de los protagonistas de mi novela.

Continuando la vista, lo que más nos llama la atención son los antiguos grafitos que adornan sus muros laterales. Ocultos a la vista tras siglos de despropósitos, hace años una restauración los devolvió a la superficie. En ellos podemos observar diferentes representaciones de híbridos y animales mitológicos (¿ocas?) y varias escrituras, como si de una pizarra de prácticas se tratara. Personalmente hay dos elementos que me fascinan y han pasado a formar parte de la novela. Los numerosos nudos de Salomón y el elefante (agradecer a la guarda de patrimonio la paciencia mostrada conmigo en su búsqueda). El primero porque representa un saber oculto y ancestral de los primeros cristianos, el segundo porque podría vincular a los monjes con el mismísimo Alejandro Magno. Si queréis saber por qué, solo os adelantaré que el ajedrez más antiguo del que se tiene constancia es el ajedrez de San Genadio, fundador del monasterio de Santiago de Peñalba y donde hasta el siglo pasado un lugareño custodiaba las piezas en… una caja de zapatos. A partir de esta información que cada uno saque sus propias conclusiones o que proceda a la lectura de Amanece sobre Londres.

jueves, 7 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.2)

Las sombras se iban poco a poco dibujando según avanzaban los primeros minutos del nuevo día mientras la ciudad se volvía cada vez más agitada. You shook me all night long comenzó a sonar en el radio despertador. Estaba arropada de tal manera que solo asomaba la cabeza por encima del edredón. Era una manía que se remontaba a cuando era niña, como la de no dejar colgando ninguna extremidad fuera de esa frontera imaginaria que marcaba el perímetro del colchón. Por lo que pudiera haber debajo.
Vivía en un viejo apartamento de altas paredes de ladrillo que ella misma había pintado en color crema, al igual que las puertas y ventanas, para las que eligió un blanco mate que dejaba ver la veta de la madera. Eso le daba una gran luminosidad a la vez que resultaba muy acogedor, algo muy importante en la fría y triste Inglaterra en la que se había resignado a vivir. Excepto el colchón, otra manía más, no había comprado ninguno de los muebles que decoraban el apartamento. Se los habían regalado, encontrado por la calle, fabricado ella misma o simplemente ya estaban allí. A pesar de los diferentes tipos de muebles, el lugar desprendía una gran calidez y uno se sentía a gusto nada más entrar por la puerta, después de subir dos pisos por las estrechas escaleras de la antigua casa dividida en apartamentos.
Comenzó a desperezarse envuelta en sudor, tarareando la letra de la canción, pensando en que hoy no tendría que echar a suertes consigo misma si levantarse o no y enfrentarse a un día como otro cualquiera de su monótona vida. Menos mal que se conocía bien y por esa razón siempre dejaba el despertador alejado de su cama a todo volumen.
Mientras estaba sentada sobre la taza del baño, sentía la aprensión que la asaltaba todas las mañanas. Por más que se esforzaba y le daba vueltas a la cabeza no conseguía averiguar el porqué de esa sensación que tanto la incomodaba. Suerte que una ducha hacía que se sintiese mucho mejor y la alejaba de esos pensamientos hasta la mañana del día siguiente. Eso y un buen desayuno. Se dirigió a la cocina donde calentó un poco de agua para su té con leche y se preparó un sándwich de jamón y queso, acompañado de un par de piezas de fruta. Luego lavó la taza del día anterior junto con la cuchara y el plato. Era una mujer que adoraba la simplicidad y solo poseía lo necesario para arreglarse, aunque cada una de sus pertenencias eran como un tesoro. Esa misma taza tardó dos días en comprarla puesto que cada una de sus posesiones tenía un simbolismo especial para ella. La taza perfecta con la que se sintiera a gusto mientras la abrazaba entre sus manos para beberse su té. Algo así como en una película en la que todo el decorado está estudiado al detalle para que parezca que siempre ha estado ahí por algún motivo, aunque en el fondo era consciente de que el té le iba a saber igual en una taza que en otra.
Cuando terminó de desayunar volvió al baño donde se quitó la toalla con la que se había envuelto. Al mirarse en el espejo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. No era la primera vez que le ocurría al ver sus ojos gris claro reflejados, como si esos mismos ojos a su vez la estuvieran escrutando desnuda desde el espejo y recorrieran cada parte de su piel de un moreno casi dorado. Evidentemente esto y su corta melena de color negro azabache era algo que atraía a los hombres pero a la vez los incomodaba, tanto como a ella en ese momento al contemplar el reflejo de sus enigmáticos ojos.
El sonido del teléfono le sacó del trance.
—Hola, Pol.
—Buenos días, pequeña —dijo la cálida voz al otro lado de la línea—. Perdona que te llame a estas horas, pero creo que deberías venir al juzgado en cuanto te sea posible.
—Pol, sabes que hoy comienzo el viaje en moto del que tanto tiempo te llevo hablando.
Llevaba semanas planeando el viaje que la llevaría por toda Europa durante un mes. Lo tenía todo preparado, ropa, rutas, mapas; hasta le había dejado a Pol las llaves del buzón para que no se le amontonara la correspondencia. Su trail esperaba en el interior del portal donde pasaba las noches con las maletas colocadas para salir a primera hora de la mañana. Seguro que su vecino se alegraría de no tener que esquivar la moto todas las tardes. Aunque, a decir verdad, ella sabía que no le molestaba y era solo una excusa para cruzar unas palabras. Una curiosa forma de intentar intimar, algo que a ella no se le pasaría nunca por la cabeza. Era un hombre atractivo, pero demasiado tímido y tradicional. No sería el tipo de taza con la que se quedaría.
—Ha llegado un cadáver esta noche.
—Llegan cadáveres todos los días —replicó en un tono que intentaba disimular su enfado para que Pol no se anduviera con rodeos y le dijera de una vez lo que ocurría.

—Verás, pequeña: en uno de los bolsillos tenía una página arrancada de un listín telefónico con tu nombre marcado. Además de algo que solo había visto antes en una persona —Pol hizo un silencio—, tiene tus mismos ojos.


Segunda entrega del primer capítulo. Como ya había avanzado la novela transcurre entre diferentes saltos en el tiempo. Ahora avanzamos unos siglos hasta la época actual para conocer a una de las protagonistas. ¡Espero que disfrutéis con la lectura!

miércoles, 6 de agosto de 2014

Fluir

Uno de los grandes retos a los que se enfrenta un escritor (si solo el mero hecho de escribir una novela te convierte en uno) es la recogida de datos para comenzar a modelar aquello que finalmente termina convirtiéndose en tu obsesión. Tu libro. Si a ello le unimos un género fantástico e histórico la cosa se va complicando poco a poco hasta límites insospechados.
Creo que los psicólogos denominan fluir a un estado de concentración plena en el que te encuentras tan absorto en lo que haces que desconectas del mundo exterior. Todos alguna vez lo hemos experimentado ya sea en la vida personal o en el mundo profesional. Controlamos tanto la materia sobre la que estamos trabajando que prestamos toda nuestra atención al desarrollo de la labor. Para aquellos que estudian o trabajan con música, es el momento en el que entras en trance y dejas de escucharla, dando la sensación de que actúas de forma automática. En el caso de un escritor, bajo mi humilde opinión, alcanzar este grado de control de la información requiere horas y horas de estudio y preparación sobre los diversos temas que deseas escribir, dejando a un lado la trama cuya gestación depende únicamente del proceso creativo de cada uno. Por ejemplo, si escribimos un diario, toda la información ya está disponible en nuestra cabeza de modo que esta fluye sin barreras a la hoja de papel. Si por el contrario escribimos sobre física cuántica y no estamos mínimamente versados en el tema, las interrupciones serán constantes en forma de consultas a terceros, poniendo de este modo cortapisas a la creatividad y en consecuencia evitando concentrarte en la narración.
En el caso de Amanece sobre Londres, este proceso se demoró tres años y me ha enseñado a valorar el trabajo de otros autores más si cabe. A grandes rasgos, la trama estaba decidida desde  el minuto cero en que la chispa creativa hizo detonar la historia en mi cabeza, pero fue la preparación lo que dificultó su reflejo en el papel. El proceso de documentación histórica es largo y tedioso, pero abordable a fin de cuentas con paciencia. Solo necesitas más o menos tiempo para visitar aquellos lugares de interés para tu novela, leer mucho o entrevistarte con aquellas personas que estén prestas a ayudarte. Todo claro está, dentro de tus posibilidades económicas y disponibilidad de tiempo. Obviamente no tuve ningún tipo de problema con los emplazamientos en El Bierzo, pero por ejemplo para visitar Londres aproveché mi luna de miel. Otros como la Capadocia, tuve que tirar de documentación e imaginación. Es decir, más y más trabajo. Las montañas de papel comenzaron a acumularse en mi escritorio…

A pesar de todo resulta un trabajo gratificante. El solo hecho de imaginarme cómo serían los lugares en el siglo IV y pasear mentalmente por ellos, fue todo un placer no comparable al esfuerzo que me supuso buscar cierta base científica a los hechos fantásticos que se describen en la novela, sin caer en lo que los expertos denominan pseudociencia. Pero este tema lo abordaré en otra entrada para no extenderme más.

Espero poco a poco ir desgranando los entresijos de Amanece sobre Londres e ir satisfaciendo vuestra curiosidad de cara a su próxima publicación.