Un blog para presentaros mi primera novela y compartir mis opiniones, experiencias e inquietudes con vosotros. Amanece sobre Londres relata dos historias paralelas en el tiempo, una en el siglo IV y otra en la actualidad contra un mismo enemigo: Luzbel. El destino de sus personajes se decidirá antes de la salida del sol, tras una frenética carrera a través de las calles de la capital británica.

 

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lunes, 6 de octubre de 2014

Avance del primer capítulo (part.7)

—Toc —transcurrieron unos segundos—, toc.
—¡Casey! ¡No es el mejor momento para olvidarte las llaves! —gritó Claudia.
El ruido de los cristales al caer fue silenciado por un fuerte trueno, como si alguien lo hubiera provocado para tal fin. Por el hueco que quedó en la puerta se coló una blanquecina mano que descorrió el cerrojo. Unos lentos pasos ascendieron por la escalera.
—¡Casey! —gritó de nuevo.
De repente, y a pesar de la rapidez con que todo sucedería, era como si el tiempo se hubiera detenido. Dejó de oír los truenos e incluso su propia voz, cuando una oscura figura apareció en el umbral de la puerta.
La pequeña Blanca se despertó con tanto alboroto. Frotándose los ojos, apoyó sus pequeños pies en el suelo y se dirigió al dormitorio de sus padres entre los destellos de los relámpagos que se colaban por las ventanas.
—No lo conseguirás.
Fue lo único que acertó a oír la niña aparte de los gritos. Cuando se asomó a la habitación se quedó paralizada.
En ese momento su padre la apartó de un empujón acompañado por el médico, después de subir a toda velocidad por la escalera.
—¡Claudia! —gritaba Casey después de ver que la puerta de entrada a la habitación había desaparecido.
La escena era dantesca, irreal, sacada de la peor de las pesadillas. Entraron en el dormitorio y vieron cómo una sombra atravesaba rápidamente la habitación encaramándose a lo alto de la ventana, giró la cabeza y miró fijamente a Casey, el cual se quedó petrificado unos instantes. Intentó atraparlo, pero aquella cosa de ojos centelleantes se precipitó al vacío. Se asomó rápidamente observando incrédulo cómo, en un cielo iluminado por los relámpagos, una figura con forma humana suspendida en el aire caía sobre su rodilla izquierda a unos cincuenta metros de la casa. Ante su sorpresa, se irguió y se perdió corriendo a la velocidad de un rayo en la oscuridad. Esa criatura había acaparado toda su atención de una forma hipnótica. Al girarse se dio cuenta de la magnitud de la tragedia cuando observó al médico dándole la vuelta al cuerpo inanimado de Claudia. Tenía unas tijeras clavadas en el pecho.
—¡Reaccione, tiene que ayudarme! —gritó el médico a la vez que sacaba un escalpelo—. ¡El niño todavía está vivo!
Blanca se encontraba en el umbral de la puerta entre sollozos. Los brazos de la hija de Tomás, que ya se había quedado a cargo de la pequeña en otras ocasiones, la alzaron del suelo hundiendo su cabecita sobre su pecho. Se revolvió para ver a su madre una vez más cuando la cabeza inanimada de Claudia se giró con los movimientos del médico.

Los ahora inexpresivos ojos de su madre la miraban fijamente. 

miércoles, 27 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.6)

Jennifer se encontraba en su despacho discutiendo con su compañero sobre uno de los casos que traía de cabeza a la sección de homicidios. En ese momento un oficial llamó a la puerta y asomó la cabeza por ella.
—Disculpen por la interrupción, pero la señorita relacionada con el caso de suicidio de esta noche está aquí.
—¡Qué hace que no está ya delante de mí! —gritó. La cara que puso el oficial hizo que se percatara de que había sido un tanto descortés y se disculpó—: Lo siento, Ken, nos ha pillado en un mal momento.
—No se preocupe —dijo con una sonrisa nerviosa el oficial—. Ahora la hago pasar.
Lejos de sorprenderse por la fría contestación inicial de la inspectora, el oficial se sentía más bien turbado. Cerró la puerta y se fue encantado de que la guapa inspectora hubiera tenido el detalle de disculparse con él. Jennifer, a pesar de haber superado la barrera de los cuarenta años, era una mujer soltera muy atractiva, unas veces morena, otras castaña, que no hacía nada por ocultar su feminidad en un mundo de hombres. Solía contestar utilizando la ironía, como si de un universitario siempre pensando en sexo se tratara. Además, su forma de vestir con falda y tacón alto unido a su fuerte carácter hizo que se granjeara fama de femme fatale en la comisaría.
—¿Inspectora Jennifer? —preguntó con un tono neutro al entrar en la oficina.
—Buenos días. Es usted la ayudante del forense, ¿verdad?
—Sí —quería ser cauta y no hablar más de la cuenta.
—Este es el subinspector Anthony. Siéntese por favor —le pidió la inspectora educadamente.
—¿Y bien? —preguntó nerviosa, pues no podía evitar sentir cómo la mirada de Jennifer se clavaba en sus ojos. No terminaba de acostumbrarse a esa extraña sensación cada vez que una persona los veía por primera vez. Era como si se tomaran la libertad de descorrer una cortina y echar una ojeada en lo más profundo de su ser.
—Supongo que Pol ya le habrá enseñado el cadáver —le dijo Jennifer contrariada.
—Vengo de allí; pero verá, Jennifer —remarcó el nombre—, no sé en qué puedo ayudarla. Es la primera vez que veo a ese tipo.
—No se anda con rodeos —dijo Anthony dirigiéndole una mirada inquisitiva—. Verá, señorita, tenemos un caso aparentemente fácil entre manos. Su padre nos ha dicho que es un caso de suicidio.
—Estoy de acuerdo —afirmó la forense fríamente respaldando las conclusiones de Pol.
—Pero la escena del crimen dice lo contrario.
El hombre optó por un tono un tanto teatral.
—¿Crimen? —preguntó con fingida sorpresa mientras volvía la vista hacia la inspectora. Tal y como le había comentado a Pol tras ver el cuerpo, algo le decía que no se trataba del típico suicidio.
—Eso indican las pruebas —afirmó Jennifer—. Hemos interrogado al recepcionista de la pensión. El fallecido entró corriendo, pidió apresuradamente las llaves de la habitación y no esperó ni por el ascensor. A menos que tuviera prisa por terminar con su vida, no me parece la típica conducta de un suicida. Esto despertó las sospechas del recepcionista, que después de llamarle por teléfono y tras conseguir entrar en la habitación nos avisó.
—No sé por qué me están contando todo esto. Como les he dicho antes, no conocía a ese tipo —entendía adónde querían llegar los policías y se desvinculó inmediatamente de la víctima.
—¿Le dice algo el nombre de Jacobo Vidal, de nacionalidad española? —preguntó Anthony.
Notó desde el inicio de la conversación que los policías se turnaban para hablar y así tratar de desorientarla. Ella negó con la cabeza. Empezaba a sentirse incómoda. Era lo más parecido a un interrogatorio que había vivido nunca. Sentía algo en Jennifer que le daba confianza: de hecho ya había oído hablar bastante bien de ella en el juzgado. Pero ese tal Anthony tenía un rostro imperturbable, siempre con la misma expresión, lo cual la ponía nerviosa. Sin duda parecía ocultar algo y eso no le gustaba. Entonces decidió tomar la iniciativa ante el silencio que se produjo en el despacho, solo roto por el bullicio del resto de la comisaría.
—¿Podrían decirme por qué ese tipo llevaba una hoja del listín telefónico con mi nombre marcado? Si lo conociera, yo misma le habría dado mi teléfono.
—Esa es una de las razones por las que no hemos descartado el asesinato —dijo Jennifer ocultando su sorpresa. Supuso que se lo habría dicho su padre—. Ese hombre se traía algo entre manos, no creo que decidiera suicidarse de un día para otro. También me gustaría saber qué tiene que ver una forense en todo esto.
—Le ruego que si tiene algo que decirme me lo diga ya —le recriminó.
—Está bien, márchese. Le aconsejo que en los próximos días no salga de la ciudad. Volveremos a llamarla en cuanto avance la investigación —Jennifer parecía contrariada por la actitud de la forense.
—Genial —murmuró.
—¿Decía algo, señorita? —preguntó Anthony.

—Me acaban de joder las vacaciones —recogió el casco y se fue.

viernes, 22 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.5)

Esa noche se puso de parto. El destino quiso que fuera la misma noche en que cumplía treinta y tres años cuando naciera también su hijo.
La tormenta había empeorado, una densa capa de nubes cubría el pueblo dándole un aspecto tenebroso con cada relámpago. Una maraña constante de sonidos procedía de todos los rincones del lugar: ramas agitándose, ventanas mal cerradas, plásticos de los invernaderos serpenteando con el viento… Los únicos que permanecían en silencio eran los animales. Incluso la mascota de la familia se había refugiado debajo de una de las camas sin dar un solo ladrido, como era habitual en estas situaciones.
No se oía nada al otro lado de la línea. Por más que Casey lo intentaba mientras sujetaba cariñosamente la mano de Claudia, no recibía respuesta alguna. Claudia no se podía mover, debido a que las contracciones eran continuas y hacían que se retorciera de dolor. Sin pensárselo dos veces, besó la sudorosa mejilla de Claudia y se precipitó escaleras abajo. Se puso el chubasquero y, sumergiéndose en la fuerte tormenta, se fue a buscar al médico del pueblo. El alumbrado de la calle no funcionaba. Se abría paso entre las fuertes rachas de viento y lluvia ayudado por una pequeña linterna. Unos metros antes comenzó a gritar el nombre del médico pidiendo ayuda. Llegó a la puerta y la aporreó hasta que un hombre menudo la abrió con un viejo candil en las manos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Tomás entrecerrando los ojos en un intento de reconocer a quien tenía delante.
—¡Rápido, es Claudia, está a punto de dar a luz!
Tomás, acostumbrado a estos menesteres, se calzó las botas que tenía preparadas a la entrada y se echó el abrigo sobre el pijama. Con un fuerte grito llamó a su hija de catorce años para que lo ayudara.
—¡Es en casa de los Evans! ¡Yo voy yendo, es un parto!

Cogió su maletín de urgencias y ambos se adentraron corriendo en la oscuridad de la desagradable noche.

viernes, 15 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.4)

—Una lástima —pensó en voz alta.
Pol dio un respingo al cerrarse la puerta, absorto en la redacción de uno de los expedientes del día anterior. Un chiquillo víctima de una conductora ebria.
—Lo que es una lástima es que todavía no esté en dirección a la costa para coger mañana el ferry. —A diferencia de Pol, había aprendido a realizar su trabajo sin dejarse llevar por las circunstancias que envolvían la autopsia.
—Nadie te impide partir en cuanto veas el cuerpo, pequeña.
—Eso haré —respondió dirigiéndose a las taquillas, donde se puso rápidamente una bata—. ¿Piensas enseñármelo ya o debo esperar a que termines el informe?
—Está en la 304.
Tenían numeradas las cámaras frigoríficas como si de un hotel se tratara: el primer dígito era el nivel, en este caso el superior, y los dos siguientes el orden de izquierda a derecha.
Entró en la sala de autopsias. Era una habitación de unos ochenta metros cuadrados, escrupulosamente limpia, de paredes blancas y con seis mesas de frío acero en el centro de la estancia. La iluminación no ayudaba a mejorar la calidez del lugar, si es que esto era posible. Se limitaba a unos fluorescentes y unas lámparas de pie al lado de cada mesa. Dos estaban ocupadas, reposaban dos cuerpos inertes dentro de sendas bolsas negras que esperaban pacientemente su turno. Se dirigió hacia ellos y ojeó las etiquetas que colgaban de la cremallera. Una mujer asesinada y un anciano que debía de llevar muerto un par de días en su casa. Se dio media vuelta y se dirigió al panal que formaban las cámaras una a continuación de la otra. Abrió la puerta con un sonido sordo y deslizó la camilla hacia fuera. Pudo contemplar el cuerpo de un hombre caucásico, fornido y con unos rasgos que le resultaban vagamente familiares. Observó más detenidamente el cadáver y se fijó en las descuidadas puntadas de su enorme cicatriz en forma de doble «Y». Pol era un gran forense, pero una vez realizado el examen se apresuraba a cerrar el cuerpo sin poner mucho empeño en ello. Como solía decir: en unos meses ni se le notará. Típico humor británico. En ese momento se abrieron las puertas automáticas y entró en la sala con el expediente del desconocido bajo el brazo y una tarjeta en la mano.
—Ábrele los ojos: comprenderás por qué te he hecho venir.
Se colocó un guante de látex en la mano. No tenía ningún reparo en hacerlo sin ellos, pero el cuerpo era parte de una investigación abierta y no podía arriesgarse a contaminarlo. Era habitual que se procediera a un segundo examen durante el transcurso de las pesquisas policiales. Colocó sus dedos pulgar e índice sobre cada uno de los párpados y se dispuso a descubrir sus ojos.
Notó como se le erizaba el vello de los brazos, y un escalofrío la recorrió de un extremo a otro. Por primera vez desde aquella primera clase de anatomía, se quedó paralizada. Un vago recuerdo se apoderó de su cabeza al ver sus mismos ojos en otra persona totalmente desconocida para ella. Se dio cuenta de que aquellos ojos inertes los tenía grabados a fuego en lo más profundo de su conciencia, en un lugar cercano al olvido, donde los había desterrado muchos años atrás.
—Me gustaría saber cuántas probabilidades hay de ver dos personas con idéntico color de ojos en el mismo día —dijo Pol.
—Dices que llevaba mi nombre en uno de sus bolsillos, ¿no?
—Así es; de hecho la sargento que lleva el caso me ha dado esta tarjeta. Quiere que te pongas en contacto con ella para hacerte unas preguntas.
—¿Sobre qué? Es la primera vez que veo a este tipo.
—Bueno, podría llegar a pensar que el hecho de que tenga tus mismos ojos fuera una caprichosa casualidad.
—¿Pero?
—Pero lo de la página en el bolsillo solo tiene una explicación. Evidentemente este hombre quería contactar contigo, pequeña.
—¿Qué querría de mí un completo desconocido?
—Habla con la sargento. ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿Jennifer? Déjame la tarjeta: eso es, Jennifer. Habla con la inspectora Jennifer —corrigió Pol—: seguro que en los próximos días comenzarás a tener respuestas.
No podía apartar los ojos del cadáver. Se preguntaba quién sería ese tipo y qué hacía ahí tumbado, lo que hizo que se diera cuenta de que no le había preguntado a Pol la causa de la muerte. Levantó la vista y, como tantas veces solía hacer Pol, este se adelantó a lo que estaba pensando. Era una cosa que la irritaba, ya que odiaba que la conociera tan bien.
—Suicidio. Dale la vuelta a los brazos y verás los cortes de las muñecas.
—Los hombres suelen utilizar armas de fuego —dijo ella mientras examinaba el reverso de uno de los brazos—. No son unos cortes muy limpios que se diga.
—Así es. Por lo que me ha dicho la inspectora, se los hizo con un simple cuchillo de plástico en el baño de la habitación de su hotel. Es como si hubiera utilizado lo primero que encontró para hacerlo.
—Normalmente la gente planifica bien su suicidio de forma que parezca lo más trágico posible, con notas de despedida y todo eso.
—Estoy de acuerdo. De no ser por la dirección y profundidad de los cortes, descartaría el suicidio.
—¿Lo has reflejado en el informe para la policía?
—No. Yo simplemente examino el cadáver, pequeña: las conjeturas se las dejo a ellos.

Cerró la bolsa, no sin antes echar un último vistazo a los ojos, e introdujo el cadáver de nuevo en la cámara de refrigeración.

martes, 12 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.3)


Era una tormentosa noche de agosto en un pequeño pueblo al norte de España. A última hora de la tarde el bochorno se hizo insoportable y el sol se comenzó a cubrir por unas oscuras nubes. Una sensación de extraña calma se apoderó de ella, el aire olía a lluvia y se notaba cargado de electricidad. Los truenos resonaban en la distancia cual pregonero avisando de lo que se avecinaba. Unas horas antes, las campanas repicaron en lo alto de la iglesia. Cumplían con una vieja tradición española de alertar a los vecinos que se encontraban trabajando los campos de que una tormenta se acercaba. Por más que su padre y su madre le advertían de los peligros de los rayos, ella siempre se las ingeniaba para salir al porche. Le gustaba jugar a contar los segundos que transcurrían entre que caía el rayo y se oía el trueno. Curiosamente, nunca transcurrían más de diez segundos, quizás porque era hasta donde sabía contar. Le encantaban las tormentas. Al menos hasta esa noche.




—Mierda.
Acababa de rayar una de las maletas con las puertas del portal al sacar apresuradamente la motocicleta para reunirse con Pol. A pesar de la rabia, se dijo que ya no tenía solución y que debería haberlas quitado antes de salir, puesto que algo le decía que el viaje se iba a posponer.
Le encantaba montar en moto. El proceso de arrancarla y dejarla calentar mientras se colocaba los guantes, el casco y se ajustaba la cazadora era todo un ritual para ella. Una vez en marcha, disfrutaba del anonimato que le brindaba el casco mientras se zambullía en el denso tráfico londinense, escapándosele alguna que otra sonrisa cuando adelantaba a un conductor malhumorado presa de un atasco.
Llegó a la entrada del juzgado donde, tras levantarse la visera del casco y reconocerla el vigilante, este levantó la barrera. Dejó la moto en el parking subterráneo y se dirigió hacia las escaleras, dado que la espera del ascensor se le hacía eterna. Cruzó el patio interior y se dirigió a la entrada, donde debería volver a bajar un piso hasta el depósito, que se encontraba en el ala vieja del edificio principal. En el despacho le esperaba, impaciente, Pol.
En el pasado, al fallecer su padre, su tío Pol se convirtió en su tutor. Era un tipo de rasgos angulosos, físicamente bien proporcionado y tan cuidadoso con su aspecto que no aparentaba que solo le faltaran unos meses para su jubilación. Educado, siempre con una sonrisa en la boca y con una voz tranquilizadora que hacía que cualquier discusión se tornara en un agradable intercambio de opiniones. Siempre encontraba una forma de decir las cosas de tal manera que cuando te dabas cuenta, ya te había llevado a su terreno.
Cuando perdió a su padre fue el único que supo comprenderla. Se trasladó a vivir con él a un barrio de clase acomodada, donde estudió en uno de los mejores colegios de la ciudad. En esa época solo hizo un par de buenos amigos, con los que quedaba todos los martes para cenar y algún que otro viernes para tomar una cerveza en alguno de los pubs de moda. Dado su carácter solitario, era con Pol con quien más tiempo pasaba. No era de extrañar que con el paso de los años eligiera estudiar su misma profesión.
Educar a la pequeña fue el mayor reto que afrontó en su ajetreada vida. Al principio se mostraba fría y distante pero él supo ir ganándosela poco a poco. Comenzó con el viejo truco de los regalos. Era una forma de chantaje, sí; pero, como no podía ser de otra manera, fue dando sus frutos con una niña de tan corta edad. Todo esto le suponía una gran tarea a Pol, ya que, a causa del carácter individualista y callado de la niña, era difícil de sorprender.
Un día de verano, a los pocos meses de morir su hermano, Pol intentaba resolver un acertijo en el suplemento de verano de una de sus revistas favoritas. A la sombra de un árbol lo leyó en alto como solía hacer con aquello que precisaba de una especial concentración por su parte.
—Si estoy a oscuras y tengo veinte calcetines blancos y otros veinte negros en un cajón, ¿cuál es el menor número de calcetines que debo coger para asegurarme de que cojo un par del mismo  color? —se preguntó—. Veinte  blancos y veinte negros en un cajón —repitió pensativo.
—Tres —dijo una vocecita.
Pol dobló la revista hacia abajo para mirarla por encima de sus gafas.
—Tres —dijo esta vez en un tono más alto a la vez que cruzaba sus brazos esperando una confirmación.
—Muy bien, pequeña —murmuró sorprendido.
A partir de esa tarde de domingo todo comenzó a cambiar, notó como poco a poco la niña iba dejando atrás lo sucedido y comenzaba a verlo como si de un padre se tratara. Ya no necesitaba regalos y según pasaban los años disfrutaba de su compañía, primero con sus inocentes preguntas y más adelante con acaloradas discusiones, sobre todo de carácter filosófico, la asignatura favorita de su pequeña.

Transcurrieron los años y llegó la hora de ir a la universidad. Ese verano, antes del comienzo de las clases, Pol insistió en que acudiera a un campamento de idiomas en el extranjero. También le consiguió plaza en una residencia de estudiantes a su vuelta a pesar de no encontrarse el campus especialmente lejos de su casa. No era porque no quisiera tenerla a su lado, pero pensó que sería la forma de que no dependiera tanto de él y empezara a valerse por sí misma. Esto provocó un pequeño alejamiento entre ellos, subsanado en cuanto comenzó a trabajar con su tío.




Cuaderno de Jacobo

He decidido plasmar en este cuaderno el resultado de mis averiguaciones ya que mi destino pronto me dará alcance. Mi tiempo y el suyo se termina.
Me llamo Jacob Evans. Soy el hijo de Casey y Claudia Evans, como he descubierto no hace mucho. Toda mi vida he vivido en España con el nombre de Jacobo Vidal, como uno de los hijos de los que realmente son mis tíos. Si se me hubiera dado la oportunidad de elegir, no habría nacido. Al menos tal como soy, como lo que he descubierto que soy.


Poco a poco se va complicando la trama de Amanece sobre Londres. Ahora nada más y nada menos que tres saltos temporales en un par de páginas. Por primera vez aparece otro de los protagonistas principales de la novela: Jacobo.

jueves, 7 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.2)

Las sombras se iban poco a poco dibujando según avanzaban los primeros minutos del nuevo día mientras la ciudad se volvía cada vez más agitada. You shook me all night long comenzó a sonar en el radio despertador. Estaba arropada de tal manera que solo asomaba la cabeza por encima del edredón. Era una manía que se remontaba a cuando era niña, como la de no dejar colgando ninguna extremidad fuera de esa frontera imaginaria que marcaba el perímetro del colchón. Por lo que pudiera haber debajo.
Vivía en un viejo apartamento de altas paredes de ladrillo que ella misma había pintado en color crema, al igual que las puertas y ventanas, para las que eligió un blanco mate que dejaba ver la veta de la madera. Eso le daba una gran luminosidad a la vez que resultaba muy acogedor, algo muy importante en la fría y triste Inglaterra en la que se había resignado a vivir. Excepto el colchón, otra manía más, no había comprado ninguno de los muebles que decoraban el apartamento. Se los habían regalado, encontrado por la calle, fabricado ella misma o simplemente ya estaban allí. A pesar de los diferentes tipos de muebles, el lugar desprendía una gran calidez y uno se sentía a gusto nada más entrar por la puerta, después de subir dos pisos por las estrechas escaleras de la antigua casa dividida en apartamentos.
Comenzó a desperezarse envuelta en sudor, tarareando la letra de la canción, pensando en que hoy no tendría que echar a suertes consigo misma si levantarse o no y enfrentarse a un día como otro cualquiera de su monótona vida. Menos mal que se conocía bien y por esa razón siempre dejaba el despertador alejado de su cama a todo volumen.
Mientras estaba sentada sobre la taza del baño, sentía la aprensión que la asaltaba todas las mañanas. Por más que se esforzaba y le daba vueltas a la cabeza no conseguía averiguar el porqué de esa sensación que tanto la incomodaba. Suerte que una ducha hacía que se sintiese mucho mejor y la alejaba de esos pensamientos hasta la mañana del día siguiente. Eso y un buen desayuno. Se dirigió a la cocina donde calentó un poco de agua para su té con leche y se preparó un sándwich de jamón y queso, acompañado de un par de piezas de fruta. Luego lavó la taza del día anterior junto con la cuchara y el plato. Era una mujer que adoraba la simplicidad y solo poseía lo necesario para arreglarse, aunque cada una de sus pertenencias eran como un tesoro. Esa misma taza tardó dos días en comprarla puesto que cada una de sus posesiones tenía un simbolismo especial para ella. La taza perfecta con la que se sintiera a gusto mientras la abrazaba entre sus manos para beberse su té. Algo así como en una película en la que todo el decorado está estudiado al detalle para que parezca que siempre ha estado ahí por algún motivo, aunque en el fondo era consciente de que el té le iba a saber igual en una taza que en otra.
Cuando terminó de desayunar volvió al baño donde se quitó la toalla con la que se había envuelto. Al mirarse en el espejo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. No era la primera vez que le ocurría al ver sus ojos gris claro reflejados, como si esos mismos ojos a su vez la estuvieran escrutando desnuda desde el espejo y recorrieran cada parte de su piel de un moreno casi dorado. Evidentemente esto y su corta melena de color negro azabache era algo que atraía a los hombres pero a la vez los incomodaba, tanto como a ella en ese momento al contemplar el reflejo de sus enigmáticos ojos.
El sonido del teléfono le sacó del trance.
—Hola, Pol.
—Buenos días, pequeña —dijo la cálida voz al otro lado de la línea—. Perdona que te llame a estas horas, pero creo que deberías venir al juzgado en cuanto te sea posible.
—Pol, sabes que hoy comienzo el viaje en moto del que tanto tiempo te llevo hablando.
Llevaba semanas planeando el viaje que la llevaría por toda Europa durante un mes. Lo tenía todo preparado, ropa, rutas, mapas; hasta le había dejado a Pol las llaves del buzón para que no se le amontonara la correspondencia. Su trail esperaba en el interior del portal donde pasaba las noches con las maletas colocadas para salir a primera hora de la mañana. Seguro que su vecino se alegraría de no tener que esquivar la moto todas las tardes. Aunque, a decir verdad, ella sabía que no le molestaba y era solo una excusa para cruzar unas palabras. Una curiosa forma de intentar intimar, algo que a ella no se le pasaría nunca por la cabeza. Era un hombre atractivo, pero demasiado tímido y tradicional. No sería el tipo de taza con la que se quedaría.
—Ha llegado un cadáver esta noche.
—Llegan cadáveres todos los días —replicó en un tono que intentaba disimular su enfado para que Pol no se anduviera con rodeos y le dijera de una vez lo que ocurría.

—Verás, pequeña: en uno de los bolsillos tenía una página arrancada de un listín telefónico con tu nombre marcado. Además de algo que solo había visto antes en una persona —Pol hizo un silencio—, tiene tus mismos ojos.


Segunda entrega del primer capítulo. Como ya había avanzado la novela transcurre entre diferentes saltos en el tiempo. Ahora avanzamos unos siglos hasta la época actual para conocer a una de las protagonistas. ¡Espero que disfrutéis con la lectura!

lunes, 4 de agosto de 2014

Avance del primer capítulo (part.1)

Casae Nigrae, Numidia
S. IV d.C.


            Un corcel negro cruzaba al galope las vastas llanuras desérticas del sur de la provincia romana de Numidia. La ausencia de luna y un cielo despejado permitían contemplar en todo su esplendor la inmensidad de la Vía Láctea. A pesar de la fría noche, unas gotas de sudor brotaban de los potentes músculos del cuadrúpedo. De raza árabe, respondía a los envites de su amo sin quejarse. Tal era la velocidad que la estela que dejaba alcanzaba varios centenares de metros debido a la quietud en la que estaban sumergidos, sólo rota por la fuerte respiración del animal. Bajo un turbante que lo protegía del polvo, los ojos gris claro del jinete parecían concentrar la luz procedente del firmamento e iluminar el camino. A lo lejos podía vislumbrar ya las primeras casas del poblado mientras tiraba de las riendas del animal para ralentizar la marcha y pasar lo más desapercibido posible.

            Majoriano estaba dormido sobre uno de los pergaminos que estudiaba, a la luz de una lámpara de aceite. Desde que ocupó el cargo le costaba conciliar el sueño, pero esa noche el cansancio le había derrotado por la incesante actividad. Había llegado hacía dos días a Casae Nigrae, el pueblo que le vio crecer, y todos reclamaban su presencia puesto que raras veces recibían la visita de una persona de semejante relevancia. La Divina Providencia quiso que en ese momento estuviera ataviado con sus mejores galas cuando la pesada puerta de madera se abrió lentamente.

            El dolor más intenso que había sentido en su vida hizo que se incorporara de golpe. Al bajar la vista, observó incrédulo cómo una punta de espada curvada asomaba por su pecho. Le flaquearon las piernas y se derrumbó sobre un costado. Su sangre comenzaba a teñir el mosaico del suelo mientras su asesino se dirigía con paso firme a tomar nuevamente las riendas de su montura.




De esta forma comienza la novela Amance sobre Londres. Además de diferentes artículos de lugares e historias relacionados con el libro, para ir abriendo boca en sucesivas entradas seguiré subiendo al blog partes de este primer capítulo a la espera de la publicación de la novela, que espero sea en la última quincena de septiembre. ¡Espero que disfrutéis con la lectura!