Un blog para presentaros mi primera novela y compartir mis opiniones, experiencias e inquietudes con vosotros. Amanece sobre Londres relata dos historias paralelas en el tiempo, una en el siglo IV y otra en la actualidad contra un mismo enemigo: Luzbel. El destino de sus personajes se decidirá antes de la salida del sol, tras una frenética carrera a través de las calles de la capital británica.

 

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sábado, 14 de noviembre de 2015


Indignación. Es lo único que me viene a la cabeza en estos momentos. No solo por la cobardía de aquellos que matan a sangre fría, sino por la hipocresía que demostramos cada vez que ocurre este tipo de barbaries.
Je suis Charlie, París... ¿Que hay de Nigeria o Camerún entre otros? ¿Por qué la sociedad no demuestra la misma empatía? Entiendo y comparto los sentimientos de condena, pero no dejo de pensar que lo que realmente nos asusta es el miedo a perder nuestro estado de bienestar. Es necesario un cambio de paradigma social y salir de nuestra zona de confort para exigir a nuestros representantes una solución global y no sólo parches y remiendos cuando las víctimas son occidentales.
Estamos en el siglo XXI y parece que la ley del talión sigue más vigente que nunca, lo que aquí son víctimas terroristas, allí son daños colaterales. Una espiral sin fin que sirve de justificación a uno y otro bando para meterlos a todos en el mismo saco.
Espero que llegue el día en que nos demos cuenta que no pertenecemos a un país o credo concreto. Somos habitantes de un mundo multicultural que de una forma u otra parece que estamos empeñados en cargarnos. Y es culpa de cada uno de nosotros como individuos. ¡Basta ya de ampararnos tras la impasibidad de las masas! Nos toca mover ficha...

martes, 14 de abril de 2015

La Deep Web

Investigando para mi próxima novela he dado con algo que me ha turbado a unos niveles que nunca había experimentado. Imaginad un iceberg. Todos sabemos que solo aflora por encima de la superficie una pequeña parte de su verdadero tamaño, aun así, es suficiente para sentirnos insignificantes ante la visión de uno.
Vivimos rodeados de información y muchas veces nos sentimos incapaces de abarcar el bombardeo al que somos sometidos día tras día. Gran parte de culpa, por no decir toda, la tiene internet. Esa maravilla que bien usada puede servir para enriquecernos como personas pero que como todo en esta vida tiene su parte oscura. Todos conocemos prácticas como el phishing y noticias de cómo es posible utilizarla para fines poco éticos, pero para el común de los mortales esa internet, con sus cosas buenas y malas, solamente es la punta del iceberg.
Quisiera aclarar que lo que voy a relatar ha sido a base de buscar información en la web, puesto que no recomiendan sumergirse en ella sin los conocimientos adecuados de informática. Estoy hablando de la internet profunda: la llamada Deep Web.
Como en el ejemplo que abría la entrada, la verdadera internet es la que está oculta a nuestros ojos y con una organización estratificada. En el primer nivel se pueden encontrar foros privados o intranets pertenecientes a empresas. A medida que te vas sumergiendo, necesitarás mayores conocimientos informáticos para eludir a diferentes organismos públicos como la Europol o el FBI. Solo el hecho de nombrar estas agencias te hace comprender por dónde van los tiros. De ahí que no me haya atrevido a entrar. Aunque solo sea por curiosidad, si das con la página inadecuada puede que te encuentres con una visita inesperada en casa…
Obviamente, no tienes que ser un entendido en informática para entrar en la Deep Web, pero es necesario para no dejar rastro. ¿Y por qué alguien estaría interesado en no dejar rastro? Pues porque las actividades que se desarrollan en la internet profunda son en su mayor parte ilícitas. Cualquier cosa que se le pueda ocurrir a tu “depravada” mente, lo encontrará aquí. Desde compra de armas, drogas, sexo, pedofilia, a cosas tan retorcidas como supuestas snuff movies de violaciones, asesinatos o cualquier cosa imaginable.
Todo esto abre un gran debate moral. Por un lado tenemos una internet en la que nuestros pasos están medidos.  Por poner un ejemplo, Google ya utiliza desde hace años la información que recaba de miles de millones de búsquedas para cosas tan banales como recomendarte un restaurante conforme a tus gustos, a otras más importantes y sorprendentes como anticipar una epidemia de gripe.
Pero por otro lado tenemos una internet libre a la que accedes de forma anónima y sin dejar ningún tipo de rastro, que podría ser el sueño de librepensadores y antisistema, pero  que irremediablemente parece haber adquirido un cariz oscuro y en algunos casos tétrico.  De ahí la cuestión moral que hunde sus raíces en los albores de la humanidad. ¿Son necesarias las normas, usos y costumbres para una buena convivencia en la sociedad? ¿Un escenario de libre albedrío daría lugar a una distopía? ¿O simplemente vivimos presa de unos valores comúnmente aceptados, en lucha con una parte oscura de la naturaleza humana que realmente es inherente al hombre, y que la mayor parte de la sociedad trata de reprimir?
En mi caso el solo el hecho de narrar en Amanece sobre Londres una violación me ocasionó malestar y una clara repulsión. Pero a fin de cuentas estamos hablando de una ficción narrativa que me permite mirar hacia otro lado. Una costumbre también muy arraigada en la sociedad occidental. Sin ir más lejos, ahí está la repercusión del atentado contra el Charlie Hebdo con manifestaciones  de rechazo a lo largo de toda Europa y cómo se palpaba la empatía en todos  los medios de comunicación.  Sin dejar de condenarlo pero a la vez sin dejar de ser crítico, es destacable que a pesar de haber ocurrido hace tan solo unos días la matanza de la Universidad de Garissa parece haber sido borrada del subconsciente colectivo. Al igual que las doscientas niñas que llevan ya un año secuestradas en Nigeria.

Parece que además de una Deep Web, también disponemos de una Deep Memory que nos permite poner tierra de por medio con aquello que choca frontalmente con nuestros valores, en lugar de afrontar los problemas de este mundo e intentar mejorarlo.  Somos como el sapo de la fábula, nos cocemos a fuego lento y no nos enteramos.

sábado, 10 de enero de 2015

Je suis Charlie Hebdo


“Por supuesto nunca había dudado de que no fuera plana; de lo contrario,
¿por qué su padre nunca había sabido darle explicación a qué la
sostenía, o de dónde colgaba el cielo?”

“…el ser humano es un ente espiritual. En los albores de la
humanidad el hombre prestaba más atención a cultivar el espíritu,
no prestaba atención a las cosas materiales más que a las necesarias
para subsistir y procurarse cobijo. Evidentemente era una
espiritualidad básica, adoraba al sol, a las estrellas y realizaba ritos
que le preservaran de las tormentas o de las avalanchas de nieve.”

Estos son dos fragmentos de la novela, dispares entre sí, pero relacionados. Tenía en mente esta entrada desde hace tiempo, pero no acababa de animarme a publicarla por lo peliagudo del tema. Los hechos ocurridos en París esta semana me han animado a ello, no sin antes mostrar mi más profundo pésame por las víctimas y condenar sin ningún tipo de ambages tales actos de terrorismo sea cual sea su motivación.
Creo firmemente que la religión es una prisión que limita nuestro conocimiento pero también considero que calma nuestro espíritu. Hoy en día se habla del instinto espiritual del ser humano como rasgo diferenciador de los instintos comunes a otras especies, el de supervivencia y reproducción. Esta necesidad de apaciguar el espíritu es lo que llevó al nacimiento de las religiones, surgidas para dar explicación a lo inexplicable. Como relata Tomás (uno de los protagonistas) en el segundo párrafo del inicio, en un principio se adoraba a aquello que daba la vida o la quitaba, y poco a poco fue evolucionando hasta llegar a la variedad de religiones que existen en esta época.
Envidio a las personas creyentes. Por lo general suelen tener una vida más colmada en el orden espiritual y más tranquila. Cuando surge una reflexión como la de Gala (otra de las protagonistas) en el párrafo que abre este artículo, la respuesta es fácil: existe una divinidad suprema que todo lo crea y ordena. La verdad que es una forma de ahorrarse muchos dolores de cabeza. Una serie de preguntas me persiguen desde que era pequeño (cuando leía aquellos artículos de la revista Muy Interesante sobre el cosmos, los libros de Sagan, Hawking o Clarke entre otros, o cuando mi profesor de ciencias Bernardo nos explicaba el Big Bang) y son entre otras: ¿Qué había antes? ¿Qué es lo que contiene el universo? ¿Dónde está? Desafortunadamente no poseo las respuestas, y como tengo mis dudas acerca de la existencia de una divinidad, sigo sin ellas. Por ese motivo creo que las religiones nunca desaparecerán, sino que se revitalizarán.
Se tiende a creer que a medida que se suceden los avances científicos, se va acorralando un poco más a la religión, puesto que dan respuesta a algo anteriormente atribuido a una inteligencia superior. Pero la realidad es que con cada nuevo descubrimiento se abren nuevos interrogantes cada vez más difíciles de responder, o que no encajan con las leyes y normas científicas conocidas. Es lo que los físicos llaman singularidad.  Mientras exista algo a lo que no podamos dar una explicación o que resulte intangible para nuestro conocimiento existirá la religión. Y cuanto mayor sea el dilema, mayor justificación y devoción encontrarán para fortalecerla.
Se podría llegar a pensar que dentro de unos siglos o milenios el hombre alcanzará un conocimiento pleno que dará respuesta a todos los enigmas del universo. Personalmente dudo que eso ocurra algún día. La justificación la podríamos encontrar dos mil quinientos años atrás en el mito de la caverna. Salvando las distancias os pondré un ejemplo moderno:
Imagina que naces en el interior de un vehículo del que nunca pudieras salir y en un mundo tan vasto que las posibilidades de encontrarte con otro fueran residuales. Dando por hecho que tuvieras el conocimiento que poseemos actualmente sobre el universo, habría una pregunta que serías incapaz de responder. ¿Cuál es el aspecto de tu vehículo? Podrías divagar sobre ello, eso si algún día llegas a planteártelo. Podrías hacerte una idea si en alguna ocasión, por ejemplo, observas su reflejo.  Pero eso no haría más que ocasionar otras preguntas. ¿Cómo se mueve? ¿Por qué es azul? ¿Qué ocasiona el ruido? La única manera de darles respuesta es intentar salir del vehículo, de la caverna, del universo. Tomar la pastilla roja. Entonces hallarás muchas respuestas, pero se abrirán otras preguntas. ¿Quién lo hizo?
La ciencia, y por derivación el hombre, encuentra respuestas mediante la observación externa. Lo que nos llevaría a deducir que para alcanzar a comprender las leyes que rigen el universo deberíamos salir de él. Pero una vez fuera, ¿dónde estarías? Una escalera de Penrose de preguntas y respuestas…
Como decía no creo que alguna vez alcancemos un conocimiento universal que erradique la religión por la simple razón de que formamos parte del mismo. Quizás por ese motivo deberíamos comenzar a dejar de preocuparnos por una divinidad superior (y en su nombre, sea cual sea, cometer las más tremendas barbaries) y empezar a saciar nuestro espíritu adorando a aquello realmente divino en el universo: nosotros mismos.